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jueves, 22 de octubre de 2015

Resistite Fortes In Fide

Etsi homines falletis Deum tamen fallere non poteritis
Etsi homines falletis Deum tamen fallere non poteritis [Aunque engañaréis a los hombres, no podréis engañar a Dios] (Paráfrasis de San Agustín)
     A diario escuchamos por los medios acerca de la tragedia que viven miles de “desplazados” en tantas partes y a causa de tantas guerras regionales: en Palestina, en Siria, en Irak, en Ucrania, en África, etc. Sin duda es una dolorosa realidad que afecta a tantas personas en el mundo, forzadas a dejar sus hogares ante el avance de los ocupantes e invasores. Con todo, pocos, muy pocos, han reparado en una categoría de desplazados que no hace noticia, porque ellos no aparecen en los medios; aunque es, ciertamente, una dolorosísima realidad.
     En efecto, se trata del conjunto de los católicos que, manteniéndose firmes en la Fe y fieles a la Tradición Apostólica, resisten día a día a los ilegítimos ocupantes de los “loci catholici” que, a partir de la muerte de Pío XII, han expropiado nuestros lugares santos, haciéndose llamar, abusivamente, “católicos” [«Yo seré el último Papa que mantendrá todo como es ahora», fue la predicción de Pío XII, confirmada por Yves Congar].
    Se trata del Novus Ordo, la nueva religión (secta), cuyos promotores, por décadas, vinieron fraguando la demolición de la santa religión católica, así como de la Santa  Iglesia [«La Muralla China (entre la Iglesia y el mundo, n.d.r.) está siendo demolida hoy» H.U. von Balthasar, "Abatid los bastiones"] para implantar en ella, vejándola con odioso oprobio, su nuevo culto, su nueva doctrina, nueva moral y nueva disciplina [«Debemos sacudir el polvo imperial que se ha acumulado en el trono de Pedro desde el tiempo de Constantino», sentencia pronunciada por el ¿santo? Juan XXIII poco después de haber convocado su Concili-ábulo»; «Al concluir el concilio ¿Volverá todo a ser como antes? Las apariencias y los hábitos dirían “sí”. El espíritu del concilio responderá “no”», programa revolucionario de Pablo VI en su Discurso del 6 de Diciembre, 1965].
     Los legítimos hijos de la Esposa sin mancha y sin arruga, sufren ya por algo más de cinco décadas de desgarrador dolor, incomparable, con relación a las graves afrentas sufridas a lo largo de la historia de la salvación a manos de tantos enemigos declarados o encubiertos. No, nuestro dolor actual no tiene parangón. Hemos sido desplazados de nuestras capillas, de nuestras parroquias, de nuestras catedrales, de nuestras basílicas, de las Sede Episcopales, de la Santa Sede del bienaventurado Pedro, por el enemigo, por los precursores del Anticristo, del hijo de perdición, que ríe su asalto triunfal, aunque no final [«El concilio es el 1789 en la Iglesia», "cardenal" Leo J. Suenens. Con el concilio la Iglesia «haría su Revolución de Octubre pacíficamente», "cardenal" Yves Congar. La Iglesia, por medio de «una revolución dentro del orden cambió su curso de manera extraordinaria», Hans Küng (perito del Concili-ábulo)]. En el intertanto los católicos nos encontramos privados del sacerdocio, del culto, del Santo Sacrificio, de los sacramentos, de los canales habituales de la Gracia; aunque no de la Fe ni de la sana doctrina, y miramos con aflicción de desplazados hacia nuestros edificios, actualmente ocupados por la secta del Novus Ordo. «El concilio Vaticano II marcó el fin de una época o, más aún, de muchas épocas… produjo el término de la era Constantiniana, de la era de la Cristiandad…de la era de la Contra-Reforma y de la era del Concilio Vaticano I…marca un punto de inflexión en la Historia de la Iglesia», "cardenal" Suenens, moderador del concili-ábulo; «El Vaticano II representa, en sus características fundamentales…un giro en 180 grados…Es una nueva Iglesia la que ha surgido del Concilio Vaticano II (el subrayado es mío)», Hans Küng, perito del concili-ábulo. Con estas acotadas citas, entre tantísimas y tantísimas, vomitadas por el odio de los agentes directos e indirectos de todo rango (desde "papas" post-conciliares hasta clérigos ordinarios), es claro que la intención era, y es todavía (puesto que este proceso es continuo y lo peor, quizá, esté por venir) la destrucción de la Iglesia Católica, la aniquilación de su carácter militante y sagrado, de su divina constitución monárquica, así como la ocupación de sus instalaciones y edificios por el Novus Ordo, para dar lugar a una nueva "iglesia", la  iglesia de la religión de cuño humanístico-naturalística-evolutiva-gnóstica-subjetivista-protestantizada-librepensadora-ecuménica, en síntesis, la "iglesia conciliar", tal como la designó, oficialmente, "monseñor" Giovanni Benelli, sustituto de la Secretaría de Estado del Vaticano, el  25 de junio de 1976, en la carta que le dirigió, en nombre del mismísimo Pablo VI [por lo que, oficialmente, podemos utilizar esta denominación para referirnos a la "iglesia" del Vaticano II] a Mons. Lefebvre.
     ¡Y, sí; ni más ni menos! Hemos sido desalojados desde nuestra Casa por esta gente. 1) Ni más, porque por mucho que pretendan lo contrario, por divina institución, la Iglesia Católica es indefectible: «enseñándoles que guarden todas las cosas (la Fe y el Depósito) que os he mandado; y he aquí, yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin de los siglos (subrayados y paréntesis míos)» (Mt 28,20); por lo tanto la Iglesia es indestructible y se mantendrá inmutable hasta el fin de la historia. 2) Ni menos, porque no es menos la espantosa medida del odio y de los embates conciliaristas en connivencia con los consabidos enemigos externos. Muchos luctuosos acontecimientos históricos han causado, ciertamente, la pérdida de miles y millones de seres humanos a lo largo de la historia; sin embargo la magnitud de la pérdida de millones y millones de almas humanas por la propaganda de la total apostasía, por causa del fraude del Novus Ordo, no tiene parangón en la historia de la humanidad; es, definitivamente, un crimen que clama al cielo: sin la Fe es imposible la consecución de nuestro último fin - la Visio Beatífica de Dios en el Paraíso por medio del Lumen Gloriae - pues «sin la fe es imposible agradar a Dios» (Hb 11,6). La Iglesia Católica, por las promesas divinas, no ha desaparecido, está y seguirá estando; reducida y arrinconada, sí; pero está inmutable e indefectible; relegada a la precariedad física en estos momentos sí, pero siempre gloriosa en su majestad y pureza y divinamente asistida; quien quiera encontrarla, por causa de la necesidad de los auxilios de la Gracia y de los sacramentos en esta vida militante, ha de buscarla, porque no está fácilmente visible, pero con seguridad la encontrará, aunque reducida a un “pusillus grex”, apacentada por verdaderos pastores, ofreciendo a Dios sin cesar desde donde sale el sol hasta el ocaso la Oblatio Munda que es la Misa del Sacrificio Eterno; no la repugnante y sacrílega "misa ecuménica", pantomima protestantizada que el Novus Ordo hace llamar "la Cena del Señor", definida así oficialmente en el N. 7 de la Instrucción General del Misal Romano promulgado por Pablo VI, de modo que, en la "iglesia conciliar oficialmente NO se celebra la Misa, sino la "Cena del Señor".
     Ya transcurridos casi 50 dolorosos años desde la clausura del concili-ábulo, aparte de todo tipo de chocantes abusos y excesos ¿Qué otros frutos podemos observar? Basta con escuchar las mismísimas palabras del ¿beato? Paulo VI que, junto al ¿santo? Juan XXIII fueron prominentes gestores de esta asamblea revolucionaria, palabras que reflejan el resultado inmediato de esta defección, de crudo realismo, aplicables a nuestros días: «A través de algunas grietas el humo de Satanás ha entrado en el templo de Dios. Hay la duda, incertidumbre, un conjunto de problemas, inquietud, insatisfacción, confrontación. La Iglesia ya no es confiable…La duda ha entrado en nuestras conciencias, y lo ha hecho a través de las ventanas que debieran estar abiertas a la luz. En vez de la ciencia, cuyo propósito es ofrecernos verdades que no nos distancien de Dios, sino que nos lleven a buscarlo más diligentemente y a glorificarlo más intensamente, ha llegado en su lugar el criticismo, la duda…Se creyó que, después del Concilio, llegaría un soleado día en la Historia de la Iglesia. Pero, por el contrario, llegó un día lleno de nubes, tempestad, oscuridad, cuestionamientos, incertidumbre. Hemos predicado el ecumenismo y nos hemos distanciado cada vez más entre nosotros mismos. Hemos logrado cavar abismos en vez de allanarlos», Paulo VI, Alocución Resistite fortes in fide,   29 de Junio, 1972. Don Jean-Luc Lafitte dice que la historia de la Revolución no es sino la historia de la de-catolicización del mundo, a lo cual ha cooperado con gran virulencia el espíritu revolucionario del Novus Ordo del Vaticano II, promoviendo la libertad religiosa (libertad revolucionaria), la colegialidad (igualdad revolucionaria) y el indiferentismo religioso mediante el ecumenismo (la fraternidad revolucionaria de 1879; cfr. supra, Cardenal Leo Suenens).
     Sí, los católicos hemos sido desplazados de nuestros santos lugares; y nos encontramos sobreviviendo casi a la intemperie, mientras los usurpadores tratan de profanar, denigrar, mancillar y deformar el esplendor del rostro de la Esposa fiel bajada del cielo después de la Pasión, Muerte y Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo; pero es en vano, pues «…la Gloria de Dios la ilumina y su antorcha es el Cordero» (Ap 21, 23b).
     En fin, para cerrar esta entrada usaré, finalmente, la proclamación de Pablo VI, paradojalmente, pero ahora con pleno sentido católico: «RESISTITE FORTES IN FIDE» pues, por misterioso pero conveniente designio divino, este es el tiempo de la tribulación y de la virtud.

Ora pro nobis Sancta Dei Genetrix, ut digni efficiamur promissionibus Christi!

jueves, 24 de septiembre de 2015

La Fe y la Gracia en la situación actual de la Iglesia

     

      Una de las situaciones más aflictivas y uno de los dolores más apremiantes – después de perder la caridad por el pecado mortal – para un católico es carecer de los canales regulares de la gracia, necesarios tanto para recuperar el estado de justicia cuando lo perdemos como para conservarlo cuando lo tenemos y perseverar en éste hasta el fin.

     El justo posee un organismo natural, común a todos los hombres – cuerpo, alma y facultades naturales (la razón y la voluntad) con sus operaciones – ordenado a su perfección natural; y un organismo sobrenatural – alma, gracia santificante y virtudes y dones del Espíritu Santo con sus operaciones – ordenado a su fin y perfección sobrenaturales.

     Sabemos también, contra el error de De Lubac, que nada hay en la naturaleza del hombre que exija o reclame el orden sobrenatural. Por lo tanto la elevación a este orden sólo puede ser recibido como gracia de parte de Dios, toda vez que supera infinitamente las exigencias de nuestra naturaleza.

     Así mismo sabemos que el hombre, cuando ha perdido en su alma la gracia, es como un “cadáver” espiritual, puesto que queda privado de la causa formal de la vida sobrenatural (así como lo es el alma con relación al cuerpo en la vida natural, el cual muere si aquélla se separa de él); y por lo tanto nada puede merecer en cuanto a su santificación ni a su salvación mientras permanece en aquel lamentable estado, ya que el hombre, con sus solas fuerzas naturales, no puede producir obras meritorias para la vida eterna: el mérito supone la gracia.

     El pecado, en tanto "aversio a Deo et conversio ad creaturas" (aversión a Dios y conversión a las criaturas), siendo el único mal verdadero que puede sufrir el hombre, a modo de “suicidio espiritual” del alma, es también lo único que nos priva de la gracia, raíz de la vida divina; junto a esta pérdida y grandísima ruina perdemos también todo mérito sobrenatural. El hombre, en el origen, fue privilegiado con el estado de justificación por Dios pero, con su prevaricación perdió el estado de gracia y el derecho a la gloria los cuales, en virtud de la obra redentora de Jesucristo, podemos recuperar tan sólo por dos medios, que son los llamados sacramentos “de muertos (espirituales)”: el Bautismo en el inicio de la justificación y el sacramento de la Confesión si acaso volvemos a caer ya bautizados.

     Ahora bien, volviendo al principio de esta entrada, no puede ser más aflictiva la actual situación que aqueja al católico, a causa de la orfandad en que nos encontramos por la defección post-conciliar de la Autoridad en la Iglesia, en cuanto a la distribución de los medios de salvación y canales de la gracia divina, cuales son los Sacramentos. En efecto, siendo imposible perseverar en la justificación sin el constante auxilio de la moción divina en el alma, el acceso a sacramentos válidos es, literalmente, “vital”; tanto con relación a los sacramentos “de muertos” (el Bautismo y la Confesión) necesarios para obtener la gracia y para recuperarla, como con relación a los sacramentos “de vivos” (El Orden, La Eucaristía, la Confirmación, la Unción de los enfermos y el Matrimonio) para conservar, alimentar y desarrollar la perfección cristiana. Todos estos medios de santificación pudo Cristo dispensarlos directamente, sin embargo quiso administrarlos por medio de una institución fundada directamente por Él, la Iglesia Católica, en la cual los depositó para todo el que crea se salve. Siendo Cristo el autor de los sacramentos y el ministro invisible de su Iglesia (Él es quien bautiza, quien confirma, quien perdona, etc., aunque por medio de hombres que Él estableció en el sacramento del Orden como ministros externos) puso sobre su Iglesia, que Él gobierna invisiblemente por medio del Espíritu Santo, a un hombre como su Vicario y Ministro visible, es decir a Pedro y sus sucesores. Luego, hay sólo una realidad donde se encuentra el depósito de la revelación y de la gracia, ésta es la Iglesia fundada sobre Pedro y en unión con él.

     El problema está en que actualmente, con excepción del Bautismo y, probablemente, del Matrimonio, quien quiera profesar la Fe y recibir los auxilios divinos sin los cuales nada meritorio podemos en el orden sobrenatural, se encuentra ante una trágica dificultad. Por un lado están los católicos "costumbristas" que, ya sea por pasiva confiabilidad o por ignorancia culposa, siguen incondicionadamente tanto las enseñanzas como la liturgia de la "iglesia conciliar", por otro lado están (potencialmente) quienes quisieran convertirse o profesar la religión católica y también, en fin, los católicos que quieren mantenerse fielmente e integralmente católicos y que, para ello, encuentran un impedimento insalvable para unirse a la iglesia oficial. El primer grupo cree seguir la sana doctrina y recibir sacramentos válidos, hipotecando descuidadamente y negligentemente su santificación y su salvación. El segundo grupo, si instruido, no sabrá adonde recurrir para encontrar el depósito de la Fe, la regla de la Fe, y los sacramentos. El tercer grupo, sabiendo que la Iglesia Católica es indefectible, llorará no tener fácil acceso al Pusillus Grex Militans, es decir al "Pequeño Rebaño Militante" que mantiene la Missio, aunque no la Sessio, en orden a recibir válidos sacramentos.

     Y ¿cuál es la causa de toda esta situación tan aflictiva y sin precedentes en la historia de la Iglesia Militante? Esto se debe a que la Iglesia fundada por Jesucristo, la Iglesia Católica, al menos desde la promulgación de los documentos del Concilio Vaticano II, quedó casi escondida y velada, reducida a un puñado de obispos, sacerdotes, religiosos, religiosas y fieles, pero que continúa celebrando la Oblatio Munda que es el Santo Sacrificio, el cual no debe cesar hasta el fin de la historia. En cambio, no es posible seguir a la iglesia oficial, toda vez que ésta profesa otra religión (ecuménica, conciliar, o como se la quiera llamar) y no es Pedro quien la gobierna.

     Hemos dicho que el hombre, llamado gratuitamente por Dios a la vida divina, en el actual estado de naturaleza caída, aunque no irremediablemente perdida, necesita del auxilio de la gracia, toda vez que el fin a alcanzar (en el orden sobrenatural: la propia santificación y la vida eterna) supera a la naturaleza – en el estado de inocencia original no eran necesarios los sacramentos, ni como remedio del pecado ni como auxilios para la perfección del alma. También indiqué que este auxilio divino quiso Dios que brotara de los méritos de la Redención y dispensado al género humano mediante signos sensibles instituidos por Nuestro Señor Jesucristo para producir la gracia de Dios en el alma humana, éstos son los Sacramentos que han de ser válidos y administrados en la fe católica y en la única institución divinamente constituida, la Iglesia Católica.

     Hasta aquí todo funcionaría fluidamente y regularmente, y todo acontecería como en tiempos normales, si la Santa Iglesia Católica, a causa de la defección de la autoridad entregada a las insidias del enemigo de Dios y del hombre, no hubiese sido empujada por el odio de la revolución modernista a la más trágica y lamentable de las tormentas jamás sufrida en su historia.

     En realidad, en su raíz y esencia,  el problema concierne totalmente a la Fe; en su raíz porque es el origen de las consecuencias, y en su esencia porque es la naturaleza del problema. En efecto, si la fe que profesa y comunica la iglesia conciliar ya no es la Fe católica, entonces la gracia es incomunicable, puesto que sus sacramentos serían inválidos; es decir éstos serían tan sólo ceremonias y signos que no significan ni producen la gracia en el alma; y quien se acerque a recibirlos, aunque con confiada disposición, podrían sentirse sacramentalmente receptores de la gracia en fuero interno, pero en realidad nada habrían recibido en el plano objetivo. Es así que, esta nueva religión (modernista, ecuménica, conciliar, etc.) necesita una nueva iglesia con una nueva doctrina, nueva disciplina (nuevo código de derecho), nuevo culto (la cena del Señor, no el Sacrificio) y nuevos "sacramentos".

     Exponer la no catolicidad de los contenidos a creer de esta nueva fe escapa, por ahora, al espacio de la presente entrada; sin embargo podemos ahora referirnos a la nueva liturgia y a los nuevos sacramentos, y así advertir que no pertenecen a la fe católica (Lex orandi, lex credendi).

     La iglesia conciliar, fiel a su único dogma que es el falso ecumenismo, necesitó de nuevos sacramentos, para lo cual alteró y adulteró los sacramentos católicos, principalmente en su forma, en las ceremonias y oraciones, y en la intención. Brevemente podemos examinar este aspecto.

     Importancia y dramatismo especial reviste la situación respecto a la invalidez del nuevo sacramento del Orden, cuyo rito fue aprobado y promulgado por Pablo VI el 18 de Junio de 1968. Esto es crucial, ya que si desde aquella fecha los “ordenados” con el nuevo rito no han sido válidamente ordenados, entonces estos “ministros” no pueden hacer ("haced esto...") el Sacrificio de la Misa Católica y tampoco administran sacramentos válidos, con excepción del Bautismo y, probablemente, el Matrimonio. Se comprende entonces que, demolido el Sacrificio, viciada la validez del Orden sacerdotal, destruida la sana Doctrina y viciada la validez de los Sacramentos que dependen del verdadero sacerdocio estamos, por una misteriosa permisividad divina, ante la conspiración diabólica casi perfecta, sobre todo porque, destruida la Misa y el Sacerdocio según el Orden de Melquisedec, en realidad se ha destruido casi todo.

     Existe abundancia de tratados serios y confiables de doctos autores católicos que se han ocupado de estos temas, lo cual excede largamente el espacio y la intención de este blog, comenzando por el célebre “Breve Examen Crítico del Novus Ordo Missae” (de fácil acceso en internet en su traducción española) que, con la impronta teológica del destacado teólogo dominico Mons. Michel Guérard des Lauriers, los Cardenales Alfredo Ottaviani y Antonio Bacci presentaron a Paulo VI en 1969, para representar el abandono de la teología católica en la nueva "misa" operada por la reforma litúrgica  como producto del “concilio Vat. II”. Pretendo despertar el interés por instruirse sobre el estado actual de la religión católica, y ayudar a advertir el grave peligro de hipotecar la justificación y la salvación por comodidad, ignorancia o tibia confianza, siguiendo una falsa religión con apariencia de verdadera, por aquello de San Pablo: “Sin la fe es imposible agradar a Dios” (Hb 11,6) y aquello de “Si un ciego guía a otro ciego ambos caerán en la fosa” (Mt 15,14).

     No hemos nacido sino para alcanzar la vida y la gloria eternas en la clara visión de Dios; éste es el fin supremo de la vida del hombre como homo viator. Toda la vida terrena del hombre consiste en el mérito para alcanzar este fin sobrenatural que es, a la vez, su supremo bien; subordinada a este fin supremo el hombre puede también conseguir una felicidad relativa en la tierra, compatible con éste mediante el progreso en la perfección cristiana. Todo lo cual es imposible, y hasta mortífero (es decir causante de la muerte) si el hombre se adhiere al error, aunque sea por comodidad y negligencia, si sigue el error diabólicamente presentado y practicado por la secta de la nueva iglesia conciliar (la más grande secta de todas en la historia, pues cuenta con millones de adherentes en el mundo) y que abusivamente se autodenomina católica. La Iglesia integralmente Católica fue fundada personalmente por Jesucristo, Redentor de la humanidad, para conducir al hombre a la gloria eterna mediante los auxilios sobrenaturales que le dispensan los sacramentos válidos y la adhesión a las verdades de la Fe, en obediencia a su Magisterio infalible.

     ¿Qué hacer en medio del desastre, puesto que la mayoría del puñado de católicos se encuentra en la total orfandad pastoral y magisterial a causa de la privación de la Autoridad en la Iglesia?

     Para quienes no pueden acceder a los escasos Obispos, sacerdotes y templos que se mantienen fielmente católicos para recibir los medios necesarios para la vida de la gracia, quedan aún algunos recursos a los que podemos recurrir para no claudicar y, si caemos, volver a levantarnos; aunque conscientes de que, en tal estado, sólo se salvarán los más fuertes ya que la militancia es mucho más difícil.

     El Concilio Vaticano I dice “Mas porque sin la fe es imposible agradar a Dios (Hb 11,6) y llegar al consorcio de los hijos de Dios, nadie obtuvo jamás la justificación sin ella, y nadie alcanzará la salvación eterna si no perseverare en ella hasta el fin” (DZ 1793); es decir, quien carece de la fe viva (los no bautizados, los herejes, los apóstatas, los cismáticos, los que están en pecado mortal) carece también de la gracia y de ninguna manera se puede salvar. Además, el Concilio de Trento enseña que la fe es el comienzo, fundamento y raíz de la justificación (DZ 801): el comienzo porque establece el primer contacto entre Dios y el hombre; el fundamento porque todas las demás virtudes, incluida la caridad, presuponen la fe, de modo que sin la fe es imposible esperar ni amar a Dios (nadie ama lo que no conoce); es la raíz porque de la fe, imperada por la caridad, brotan y viven las demás virtudes. Luego, por su importancia indispensable para la vida cristiana, debemos conservar la Fe, entendida no como un vago sentimiento religioso o como una cierta subjetiva experiencia de la conciencia – como quieren los modernistas – sino como aquella “virtud sobrenatural por la que, con la inspiración y la ayuda de la gracia de Dios, creemos ser verdadero todo lo que por Él ha sido revelado…por la autoridad del mismo Dios que revela, el cual no puede engañarse ni engañarnos". Luego la Fe consiste, objetivamente, en el libre asentimiento del entendimiento, movido divinamente por Dios (no por la operación de hombre), a las verdades contenidas tanto en la palabra de Dios como transmitidas por la Tradición y que la Iglesia por su Magisterio infalible propone como divinamente reveladas. Entonces, lo primero en esta difícil situación será mantenerse firmes en la Fe católica, a la vez que huir y resistir los errores contra ella enseñados por la iglesia conciliar, errores conducentes a los más graves pecados contra la Fe, a saber, la apostasía y la herejía, miserables delitos propagados como frutos envenenados del Vaticano II.

     Una importancia especial reviste el sacramento que, por su dignidad y perfección, es el más excelente de todos, éste es la Eucaristía, porque contiene al mismo Cristo y es el fin de todos los demás sacramentos. Y aquí es donde asistimos con estremecimiento a una de las más terribles aflicciones y a uno de los más graves problemas que pone a la conciencia del católico la falsa reforma litúrgica promulgada por Paulo VI. En efecto, el católico no puede participar ni comulgar de la “misa” actual, como tampoco de la llamada Misa tradicional, pero en la cual se mencione al “papa” Jorge Bergoglio en el Canon de la Misa. La razón, en el caso de la actual “misa-cena" reformada, es que tanto la definición de esta "misa", como sus fines y su naturaleza, se alejan de tal modo tanto en su conjunto como en el detalle de la teología católica de la Misa que ésta ha pasado a ser otro rito, perteneciente a otra religión. Y en el segundo caso, la Misa tradicional con mención del “papa” actual en el Canon, aunque ésta "parezca" ser la Misa católica, sin embargo, por no ser Jorge Bergoglio (ni los papas post conciliares) ni la Autoridad ni formalmente el Vicario de Cristo en la tierra, quien asista a esta misa - como lo demuestra Mons. Guérard de Lauriers - se mancha con los delitos de Cisma (por estar la iglesia oficial en estado de cisma capital) y de Sacrilegio, toda vez que participa de una acción que debiendo ser sagrada no lo es. Podemos, a lo más y por graves razones de compromisos familiares y sociales, asistir a estas “misas”, manifestando explícitamente que sólo asistimos pero no participamos.

     Tampoco debemos recurrir, con excepción del Bautismo, a los demás “sacramentos” administrados por los “sacerdotes” del denominado Novus Ordo, dado que han sido inválidamente ordenados, por lo tanto no son sacerdotes ni administran sacramentos válidos portadores de la gracia.

     En fin, tenemos al alcance de todos un valiosísimo recurso, que cobra un especial valor en el estado de privación en que nos encontramos: la oración, la cual, como enseña Santo Tomás, está dotada de cuatro efectos saludables: satisfactorio, meritorio, impetratorio y el de producir una cierta refección espiritual. Además la oración, en virtud de las promesas de Dios, posee un eficacia infalible cuando está revestida de las debidas condiciones (cfr. Mt 7,7-8; 21,22. Jn 14,13.14; 15,7; 15,16; 16,23-24. 1Jn 4,14-15); nuevamente citamos a Santo Tomás: “En consecuencia, siempre se consigue lo que se pide, con tal que se den estas cuatro condiciones: pedir para sí mismo, cosas necesarias para la salvación, piadosamente y con perseverancia” (ST, II-II,83,15 ad a.). Y entre las cosas que debemos pedir urgentemente en caso de caer en pecado mortal y en ausencia del sacramento de la Penitencia (ya sea éste actualmente inválido o administrado ilegítimamente por algún sacerdote inválidamente ordenado) es la gracia de una perfecta contrición sobrenatural para recuperar cuanto antes la amistad con Dios, que comprende el dolor y la detestación de los pecados cometidos, en cuanto son ofensa a Dios, el propósito de confesarse (aunque sea físicamente o geográficamente imposible de manera válida, ya que la contrición incluye este propósito) la reparación de la ofensa y el firme propósito de no volver a pecar.

     Y he dejado para el cierre, la excelsa y santa devoción a María, cuyos títulos y grandezas derivan del magnífico hecho de su maternidad divina. La inmaculada y llena de gracia (donde está la plenitud de la gracia no existe el pecado, ni actual ni original), divinamente asociada a la obra de redención de la humanidad, Reina de cielo y de la tierra, y Mediadora universal de todas las gracias. Como enseña San Luis María Grignion de Montfort la verdadera devoción a María conduce a la unión con Nuestro Señor; y afirma que éste es el camino más fácil, más breve, más perfecto y más seguro para llegar a Él. Entre las devociones a María, ocupa un lugar privilegiado la devoción del Santísimo Rosario; éste es la devoción mariana por excelencia, clara señal de justificación para quien lo rece devotamente y diariamente, prenda de múltiples gracias, incluida la asistencia en la hora de la muerte como ella misma lo prometió a Lucía en Fátima.


Christus Vincit, Christus Regnat
Christus, Christus Imperat!”